Los secretos del lugar

Mayo 31, 2008 by papelesdehumo
El cabo de San Vicente -que por incomprensible arbitrariedad administrativa no se llama así en mi honor-, es uno de los lugares más sobrecogedores de la península ibérica. Situado en el extremo occidente de la misma, en la exacta punta de la barbilla del mapa, cuando uno se dirige a tal enclave llega el momento en que a un lado y otro de la carretera no hay más que océano, el Atlántico poderoso y aullador de vientos que ponen al viajero con el alma en vilo, sobre todo si el viajero es un tipo impresionable y sus relaciones con el noúmeno no están del todo claras, cual es mi caso. Una vez allí, en el punto más occidental de Iberia surgido como remate a la estrecha franja de terreno azotada por la insolencia del profundo azul, se tiene la convicción de haber llegado al fin del mundo. Los inmensos acantilados cierran toda conjetura sobre el más allá de la tierra. El mayor faro de Europa es como pequeña baliza entre las olas, un punto de reflexión y casi una amenaza: hasta aquí hemos llegado.

Estaba un servidor hace pocos días paseando entre las rocas del apabullante entorno -y lo de pasear es un decir, me movía acojonadito por la fuerza del viento en busca de un ángulo aceptable para echar fotos-, cuando descubrí al borde del abismo una pequeña lápida. Con más aprensión que decisión me aproximé lo justo para leerla: «En memoria de nuestro amigo L.B. y como advertencia a los visitantes que desconocen el lugar». Y entonces ya estuve más acojonado todavía.

Pues sí, parece que más de un turista se ha despeñado por aquellos imponentes acantilados, por lo general arrebatados a golpes de viento que suelen coger por sorpresa a los incautos que se aventuran entre riscos sin tener en cuenta la fuerza con que los mares reclaman de vez en cuando lo que es suyo. Aunque lo que en verdad me desasosegó de aquella lápida, el tajante aviso sobre lo efímero de la vida y lo impredecibles que son las fronteras entre entre ser turista que camina por lugar exótico o cuerpo flotante sobre la panza del océano, fue algo que cae de pura evidencia: aquella lápida y su contenido pueden colocarse con pleno sentido y toda razón en cualquier esquina del planeta. En un cruce de carreteras, por ejemplo; en una calle de un barrio conocido o por conocer, en una discoteca extraradial o en la pensión de Cochifrito de Arriba donde nos dispusiésemos a pernoctar. Nadie sabe y en realidad nadie conoce el terreno sobre el que transita. La maceta cuajada de flores nos cae en la coronilla justo a la puerta de casa, mientras saludamos a la vecina y le preguntamos por la operación de apendicitis de su cuñado. Claro, la vida es riesgo y no podemos vivir con miedo porque si no te matas haciendo parapente igual la espichas de un ataque de legañas. Lo que asombra es nuestra capacidad para convencernos de que conocemos el terreno, la extraña y absurda aptitud para reclamar como sabidos unos ámbitos familiares o bien los inexplorados y por tanto peligrosos. Filosófico me pondría si a continuación enunciase la pregunta retórica: ¿Alguien en su sano juicio puede pretender que conoce de verdad un palmo, un milímetro del mundo en que habita?

Echemos cuentas y las cuentas no cuadrarán porque, por no saber, no sabemos ni de nosotros mismos. Somos la versión actualizada de lo que fuimos hace un año, hace dos… distintas células organizadas más o menos de la misma manera; aunque las células se componen de átomos, y los átomos de partículas subatómicas, y éstas a su vez de pulsiones de energía, y después no hay nada. Eso somos en el fondo: nada. Cuando el conocimiento mágico religioso de lo real manifestado propone que Dios hizo el mundo de la nada, ciertamente expresa una acertada intuición: detrás de la carcasa del mundo no hay nada. Y sobre la nada, ¿quién leches sabe algo?

Pero bueno, ya les advertía que todas estas calenturas mentales requerirían atención en el caso de que me hubiese puesto filosófico. Vamos a lo práctico que es lo que interesa. A ver, háganme caso por una vez, demonios: si van al cabo de san Vicente, sea el tiempo bueno o malo, tengan mucho cuidado con los andares entre las rocas, no salgan del perímetro marcado con cemento y si quieren hacer una fotografía al faro no se acerquen ni poco ni mucho a los acantilados. Desde lejos y con un buen zoom salen estupendamente. Y si no, las arreglen en casa con el ‘photoshop’.

Y tengan cuidado si una vecina les arroja flores. A lo mejor van con maceta incluida.

Ideal (Granada) - 29/05/08 - El síndrome de Waterloo

El herrero de los sueños

Mayo 13, 2008 by papelesdehumo

 

En la distancia rememoro al león que ruge con la escarcha.

Es sabido que los habitantes de esta tierra sueñan el verano y anhelan, tal vez por su fugacidad, los sudores de la siega.

Solamente la lejanía acrecienta el ansia del vaho en los cristales, el crujir del frío entre las ramas, el silencio de la nieve.

Hoy cumplo ochenta años y en tanto sigan pasando las semanas, los meses como antaño y al fin vuelva la primavera a este mi hogar al otro lado del Atlántico, serán sesenta y uno los que sume con la mirada puesta en la nostalgia, siempre orientada al Este, donde nace el sol. Allí estaba mi casa.

Mi nombre es Gumersindo Herrero y aunque nunca renegué de mis ancestros mi apellido no siguió el oficio familiar que tan ufanamente ostentaba mi bisabuelo Víctor, hombre extremadamente meticuloso en su buen hacer diario en la fragua, junto al río.

Cuatro de sus vástagos siguieron sus pasos y de sus siete nietos, sólo mi padre, Rodrigo Herrero, heredó la luz del fuego que con manos diestras modela el tiempo y sus enseres.

Es por eso que crecí entre cacharros, y aunque no tuve hermanos ni compartí las mieles de la infancia puedo decir que fui un niño feliz. Mi madre, Soledad del Valle, cuidó de que así fuera, siempre trajinando en la cocina y atenta a los pedidos vecinales, blanca como el amanecer más bello, frágil como rama contra el viento, llenaba el tiempo restante de cariño, sueño y poesía hacia los suyos. Nunca nadie borrará de mi memoria el cosquilleo dominical ante la iglesia, pasado ya el oficio, cuando de su mano volvía a casa y por ser día de fiesta comíamos buñuelos; tampoco el olor del chocolate caliente, ni los churros que salían de la máquina que ingenió mi padre un día, harto de verla afanarse en conseguir la perfecta simetría.

Jamás vi tanto amor en dos miradas. Tampoco tanta desolación cuando la parca llamó a nuestra puerta, llevándosela por siempre.

Fue entonces cuando entre el hielo del tiempo y el fuego de la fragua me hice adulto, y azotado por la fuerza que sólo tiene la juventud crucé el océano.

Siguiendo los consejos de un buen amigo de mi padre, Antonio Valdeón, maestro retirado en nuestro pueblo que siempre me guió en las lecturas -atendiendo mi afán por conocer todo cuanto estuviera escrito -, elegí como destino México.

Juntos concebimos una empresa ultramarina, la más grande imprimidora de páginas del continente. El trato era sencillo: él sufragaría los gastos del viaje y las gestiones del establecimiento a través de un familiar lejano asentado desde hacía tiempo en el Distrito Federal, mientras que yo me comprometía a publicar su obra, inédita en España, y a divulgar su nombre a lo largo y ancho de éste nuestro mundo.

Tengo que reconocer que no fue fácil al comienzo. Pasé hambre y sed. A mí acudió la melancolía de todo cuanto había sido. Me supe solo, me sentí pequeño y en medio de ese caos tentaba en ocasiones la idea de dejarlo todo y volver al río entre montañas.

Diré también que luché mucho para conseguir que lo que comenzó siendo un cuarto realquilado se convirtiese en “La casa del libro Herrero e hijos”. Fue inmenso el sudor derramado. Me batí contra escritores impostados, plagiadores natos; conviví con la miseria que desprecia a los auténticos hacedores de palabras porque no venden ejemplares de preciadas joyas depositadas en trasteros olvidados. Legajos inconexos, errores garrafales, mares de tinta negra corregida por mi mano en noches oscuras e infinitas… pero continué velando y trabajando. En el camino todos fueron muriendo.

 

Hoy, desde lo achaques propios de mi edad y asentado en la longevidad que huye del tiempo, intento recordar la vida que, ante mí, ha pasado ya.

Abrigado del frío en mi casa de la calle Poeta Antonio Valdeón, sentado en mi escritorio, tan viejo como yo, compongo de retazos lo que he sido y con mano firme redacto un testamento.

Dejo en herencia todo cuanto poseo material a mi nieta Paula Herrero, última en la saga.

Sólo me llevo lo que jamás abandonó mi espíritu: el sueño de poner mis huesos allá donde florece el tilo y descansar a la sombra de las peñas. Quizás pueda escuchar la fuerza de las aguas del Torío mientras la nieve cubra mi tumba y el invierno repose en las montañas.

 

Sonia del Valle

Diario de León - 11/05/2008

A seis manos… y las que hagan falta

Mayo 1, 2008 by papelesdehumo

 

Se veía venir. La abrumadora publicidad en torno a la nueva novela de Carlos Ruiz Zafón, ‘El juego del ángel’, se ha basado como era de esperar en el gran éxito de ventas de su anterior obra, ‘La sombra del viento’, un libro insólito en el panorama editorial español: ningún autor principiante -en realidad ningún autor vivo, ni recién llegado ni veterano-, ha conseguido vender casi diez millones de ejemplares en todo el mundo, como hizo Zafón con su exitosa novela. Hasta aquí todo normal, dentro de la lógica del mercado y muy oportunamente planificado por la editorial a cuyo cargo se edita el libro, la omnipresente Planeta.

Me parece muy bien. No tengo nada en contra de que un libro se venda mucho, no pertenezco a esa clase de novelistas o críticos literarios que recelan por sistema de los éxitos de ventas, los ‘best-seller’s’ inesperados que imponen su presencia tumultuosa ante la sorpresa de la oficialidad literaria. Me gusta que la gente compre libros, cuantos más mejor, en vez de dedicarse a tirar el dinero en las tragaperras o en ‘tunear’ el Seat Ibiza. Leí con verdadera gratitud ‘El alquimista impaciente’ de Lorenzo Silva y ‘Soldados de Salamina’ de Javier Cercas, títulos que inauguraron esta tendencia última del mercado español a descubrir que los superventas no tienen porqué ser forzosamente obra de autores anglosajones, y que un novelista español puede batirse en igualdad de condiciones a la hora de acaparar las mesas de novedades de las librerías y las listas de los más vendidos. En esta línea de sincero interés por el fenómeno, llegué incluso a leer las primeras doscientas páginas de ‘La sombra del viento’, y no me disgustaron. Dejé el texto porque, la verdad, se ponía demasiado novela rosa para mi gusto; pero ojo, que como hay gustos hay colores.

Lo que no es cuestión de gustos ni de opiniones, sino de honestidad y coherencia profesional, y si me apuran de compromiso con la literatura entendida como expresión cultural de primer nivel, es aprovechar la inopia en que viven cómodamente instalados la mayoría de los lectores españoles -mejor para ellos, desde luego-, para presentar un folletín bien escrito y de argumento cuidadosamente tramado como el no va más de la excelencia literaria. «’La sombra del viento’ es una novela que parece escrita a seis manos: las de García Márquez, las de Borges y las de Umberto Eco». Esa barbaridad proclamó impunemente el director de publicaciones de Planeta, el pasado 19 de abril, en el prestigioso programa ‘Informe Semanal’ dedicado al fenómeno Zafón. Eso, aquí y en Pekín como diría mi admirado Rovira, es dar gato por liebre y quedarse tan ancho. Eso es manipular el criterio del común, engañar al lector poco avezado, tergiversar el justo sentido y alcance de una obra literaria, despreciar la capacidad crítica de muchos lectores, aprovecharse de su poco conocimiento de obras y autores magistrales, insultar por comparación degradante a los autores citados y, en definitiva, engañar a la gente y tomarnos a todos por una panda de ignaros dispuestos a creer en tan campanudo dislate; es pedirnos fe en las superlativas declaraciones de este caballero por fuerza de un argumento para él definitivo: el hecho incuestionable desde el punto de vista comercial e insostenible desde el literario, de que ‘La sombra del viento’ vendió muchísimos ejemplares.

Claro, se dirá más de uno, ¿qué se puede esperar de unos editores como los de Planeta? Hay toda una enjundiosa y escandalosa historia previa que determina el presente maniobrero de esta editorial; es una forma de proceder, una línea de trabajo, un estilo. Lo instauró hace muchísimos años don José Manuel Lara, que era un sevillano muy espabilado. Él mismo se reía de sus ocurrencias y pillerías, a las que estaba obligado para sacar adelante una editorial en tiempos en los que no leían ni los ministros. Parece que la escuela permanece, aunque ya no sean necesarios estos trapicheos. La cosa debe tener su morbo: puestos a dar su premio, por ejemplo, mejor dárselo a una obra plagiaria, infumable, escrita con los pies o, mejor aún, por un buen ‘negro’. Debe ser muy excitante saber que se engaña a tanta gente durante tanto tiempo y nunca te descubren.

Lo más irritante de la cuestión, empero, es cómo se mangonea y adultera el sentido del valor literario. Si un autor es muy bueno porque vende mucho, deberíamos proclamar a Corín Tellado -señora que tiene todo mi respeto-, como el nuevo Fénix de los Ingenios en las letras hispánicas. A ver, una cosa es la aptitud para componer novelas de éxito popular y otra muy otra escribir algo que realmente merezca la pena. El fenómeno no admite convalidación si trasladamos las circunstancias a cualquier otro ámbito de la creación artística. Consultemos ‘Los Cuarenta Principales’: Mozart es una patata y Bisbal un genio, por ejemplo. ¿Estamos tontos o qué?

El mismo Zafón, en el referido programa promocional de su nueva novela, relataba una anécdota muy ilustrativa. Muchos lectores se le habían aproximado para preguntarle dónde se encuentra exactamente ‘el cementerio de los libros olvidados’, curioso escenario de ‘La sombra del viento’. Algunos incluso extendían  un mapa de Barcelona para que señalara el lugar. Todos quedaban muy defraudados cuando les informaba de que dicho sitio nunca existió. Lo contaba Zafón como ejemplo del entusiasmo de sus lectores… es decir, gente tan poco acostumbrada a leer y con criterio tan sandio que no saben distinguir la ficción de la realidad. Manipular conscientemente a estas personas, quienes probablemente se han iniciado como lectores a través de esta novela y, sospecho, por no perder el rastro de una moda, es algo a lo que nadie tiene derecho, sea director de publicaciones de Planeta o dueño de un ‘todoacién’. ¿Tan deshonroso es publicar literatura de evasión, de entretenimiento, y como tal presentarla en el mercado editorial? ¿Tanta es la voracidad de los editores de Zafón que no sólo aspiran a acaparar el mercado sino también a apropiarse del mismo concepto de lo literario, para lustre y fuste en su cuenta de resultados?

En una cosa tenía razón el caballero de las seis manos. ‘La sombra del viento’, efectivamente, está escrita a seis manos: las de su autor, las del especialista en márketing que pulió el argumento y las de quien sugirió la redacción definitiva del texto. Seis manos que con las cuatro de Sivha hacen diez, y todas apuntan al mismo sitio: la mediocridad y -de manos hablamos-, la manipulación. Porque cuando hay juegos de manos, ya se sabe…

 

Publicado en IDEAL, El síndrome de Waterloo, 01/05/2008

El mundo ahí fuera

Abril 22, 2008 by papelesdehumo

Sonríes antes de cerrar la puerta como si siempre aguardara algo extraordinario, la emoción de lo inédito cada día y cada vez que cruzas la calle para alejarte un poco de mí; y regresas alegre como si hubieras vivido todas las emociones que yo, hombre absorto en contar las páginas del cielo que nunca va a visitarme, no puedo siquiera soñar con ofrecerte.

Espero tu vuelta entretenido en los más importantes bostezos que dio aquel enamorado mientras se oxidaba: los libros que sólo me interesan a mí y al aburrido vejestorio que piensa mis pensamientos, la novela que crece y crece a tal magnitud que dentro de poco habrá alcanzado el perfecto infinito del cero, los programas de televisión y los pueriles cotilleos del ordenador y poco más, nada más con qué llenar ese vacío que crece igual que pompas de chicle y siempre acaba por reventarme en la nariz. Luego, porque el tiempo sucede y nunca cesa, vuelves a casa y te veo tan risueña que pienso que el mundo ahí fuera debe ser algo en verdad maravilloso, y que el mundo y tú os amáis como yo nunca podré amarte.

Si alguna vez te acompaño, el mundo desaparece, esconde su rastro ese hechizo del mundo que, cuando yo no estoy, presuroso te obsequia el goce y la risa. El tráfico te irrita, los gentíos te perturban, el tiempo se agota en estériles desplazamientos hacia lugares a los que no te apetece ir, mis palabras son demasiado ruidosas, o inoportunas, y todo está lejos y es cansino y en el desierto hace frío y calor y tienes sed y hambre.

El mundo debe ser maravilloso, estoy convencido, pero para mí esas maravillas son como una metáfora de la extinción: cuando yo estoy, de su parte hay ausencia; si están las canciones y el rumor azul de todos tus ensueños, me desvanezco.

Empiezo a pensar que entre los nefastos poderes heredados de mis ancestros, los pontífices que entre otras alharacas vaticinasen la ruina de Cartago, está el de disolver con mi presencia toda alegría del mundo conocido; de todo lugar amable. Yo o ellos, imposible al mismo tiempo.

Y lo peor de todo, empiezo a pensar que el destino hace inútil esta pregunta que me hago mil veces a mí mismo: porqué.

Libros y ferias

Abril 21, 2008 by papelesdehumo

Este año, la Feria del Libro de Granada está dedicada al periodismo y su relación con la literatura. IDEAL de Granada publicó el viernes pasado un interesante suplemento en el que varios colaboradores escribimos sobre literatura y periodismo, la irrupción de Internet y su influencia en los diarios, así como los retos de futuro y las interrelaciones con foros, blogs, etc.Reproducimos las colaboraciones de Jesús Lens y José Vicente Pascual, por este orden. A ver qué os parecen.

Saludos.

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- ¡Extra, extra! ¡Últimas noticias!

Una noticia de impacto, no hace tanto tiempo, se transmitía de esta forma tan peculiar y característica: las redacciones enloquecían para componer una sábana que, en grandes titulares y a cuatro columnas, contaba lo que había pasado. Las máquinas funcionaban a todo trapo y, con la tinta aún fresca, cientos de chiquillos vociferantes se echaban a las calles a vender la exclusiva.

Eso, en las grandes ciudades. Porque a las zonas rurales, un última hora podía tardar semanas en llegar. Después aparecieron la radio y la televisión. Y empezó a dudarse sobre la idoneidad de la prensa escrita como vehículo de transmisión de noticias, una vez perdida su capacidad de velocidad e inmediatez. Debate que sigue abierto.

Ahora, sentado frente a un terminal de ordenador en una remota aldea y a golpe de click, un usuario conectado tiene a su alcance los periódicos del mundo entero, las noticias de última hora y la posibilidad de acceder a las más variadas fuentes de información. Por tanto, ¿para qué sirve un periódico impreso, en la era de Internet, en pleno siglo XXI?

Paulatinamente, los periódicos están cambiando su rol. De transmisores de noticias, están pasando a ser analistas e intérpretes de la actualidad. Cada vez más, los buenos periódicos se van destacando por la calidad y certeza en sus análisis de la realidad, la profundidad de sus reportajes y la habilidad y el genio de sus columnistas de opinión.

Una pantalla de ordenador, hoy por hoy, permite una lectura cómoda y atenta de, aproximadamente, dos/tres minutos. No más. Las ediciones digitales de los periódicos, por tanto, además de ser visualmente muy potentes, son instrumentos idóneos para una escueta y fría emisión de noticias y para una gráfica transmisión de datos en forma de barras, quesos, diagramas y demás brillante parafernalia de la infografía más moderna. El multimedia informático permite acceder a pequeños y escuetos bocados de una realidad que no puede durar más allá de un puñado de segundos.

Internet, por tanto, no ha venido a sustituir a la prensa tradicional, sino a complementarla. Porque los artículos de opinión, las entrevistas y los reportajes, para ser bien deglutidos por el lector, siguen pidiendo a voces estar impresos, negro sobre blanco. El papel sigue apareciéndose como elemento necesario e imprescindible a la hora de practicar un detenido y atento ejercicio de lectura que propicie la reflexión, el análisis y la generación de ideas.

Después podremos volver a la versión on line del periódico y participar en los foros de discusión abiertos al efecto, opinar y discutir, con razones y fundamento. O podremos entrar en las bitácoras personales de los columnistas de opinión para refutar sus tesis, corregir sus errores, matizar sus puntos de vista, refrendar sus ideas.

Igualmente, los blogs especializados permiten un tratamiento intensivo y permanentemente actualizado acerca de los temas más variopintos. Sean deportivos, cinéfilos, musicales, económicos, viajeros o gastronómicos; a través de las bitácoras es posible disfrutar del día a día de nuestras aficiones e intereses, interactuando con el dueño del blog y con otros lectores y usuarios que comparten gustos semejantes.

Pocas veces ha estado más vivo el periodismo que en este arranque de siglo XXI. Un periodismo que se cuela en la vida de los lectores a través de innumerables vías, lo que permite sentirlo más propio, más cercano, más accesible. Nunca ha sido tan estrecha como ahora la relación entre el periodista y el lector y, por tanto, de éste con su diario de cabecera.

Ello conlleva, lógicamente, una imperiosa necesidad de cambios y adaptaciones a esta nueva realidad, poliédrica, interactiva y bipolar. Cambia el lenguaje, la forma de escribir y, sobre todo, la forma de relacionarse con unos lectores cada vez más formados e hiperespacializados.

El periódico del futuro será, pues, el que sepa conectar con sus lectores, el que mejores plataformas les brinde no sólo para que accedan a una información de calidad, sino para que, después, puedan comentarla, discutirla y ponerla en tela de juicio, contribuyendo a un mutuo enriquecimiento. Sin olvidar que hoy, como antaño, el fin último del papel de periódico es servir como envoltorio para un buen par de lubinas.

Jesús Lens en http://pateando-el-mundo.blogspot.com/

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Blogsfera: el ruido y la furia

El mes pasado, en una conferencia dictada en la universidad de Sevilla, el sociólogo investigador inglés Eliot Fielding aseguraba que, después de echar cuentas con la calculadora en la mano, si a una persona le entraba el capricho de visitar a todos los habitantes del planeta, uno por uno, empleando dos minutos en saludarles y desearles un feliz día, tardaría aproximadamente 22.831 años. Si pretendiera tomarse las cosas con más calma y, tranquilamente aposentado en el cuarto de estar de su casa, ante el ordenador, entrase en todos los blogs que hay en Internet para dejar un saludo en la sección de comentarios del mismo, necesitaría 342.465 años.

Este dato echa por tierra la teoría de la “aldea global” que tan efusivamente ha sido saludada durante los últimos años, panacea de la comunicación sin límites a la que tenemos libre acceso en un mundo donde las fronteras ya son líneas trazadas en los mapas con mayor o menor convicción. Si de los fenómenos generales pueden deducirse realidades particulares, no parece descabellado afirmar que es más práctico visitar a un amigo en Helsinki que enviarle un correo electrónico; o por decirlo con más rigor: hay más probabilidades de hacerse amigo de un finés (o de una finesa, ya puestos), visitándolos en su país que navegando en la red.

En el mundo hay dos blogs y medio por habitante. Si atendemos a la evidencia de que en multitud de países y zonas se vive en estado de pura miseria o en condiciones de desarrollo premedieval, es decir, sin más Internet que mandarse recados a grito pelado, no nos queda otra que aceptar la euforia con que muchos millones de “blogers” se dan a la tarea. Los hay que “llevan” uno y los habrá que lleven veintisiete: uno para hablar de cine, otro para el fútbol, otro para colgar fotos, otro para ver si ligan algo…

Al final, la realidad se impone no sólo a los límites temporales del ser humano sino a su misma naturaleza. Para estar en contacto con mis semejantes no tengo que hacer más que una cosa: darme un paseo. Si quiero comunicarme tendré que aproximarme a alguno de ellos y, con modos y formas, preguntarle la hora. Si hay suerte, acabaremos hablando del tiempo, del último partido de la selección y de lo mal que lo hace el gobierno. En la blogsfera sucede exactamente lo mismo, con la diferencia de que no se parte del silencio como norma conductual, sino que cada paseante lleva por seña y vestido su palabra, lo que piensa, sus gustos, sus aficiones e incluso su estilo. Cualquier internauta medianamente experimentado sabe distinguir, a simple vista, si el blog en el que hemos caído corresponde a un padre de familia al que le encanta colgar las fotos de la primera comunión de sus nenes, un friki obsesionado con las películas y biografía de Ed Woood, un fanático de Alaska y los Pegamoides o un poeta sutil en el martirio de sus versos, los cuales lanza sin piedad, cada dos por tres, a los sufridos contactos de su lista de distribución. Pero el fenómeno es el mismo: todos caminan y nadie escucha a menos que tenga intención de hacerlo, lo que no es frecuente. Podríamos recurrir al casi retruécano de que la blogsfera es la virtualización de lo virtual. A ver si me explico: de la posibilidad real de mantener una ventana abierta y en contacto con el mundo, los “blogers” hemos pasado a la “impresión” de que tenemos libre y activo dicho acceso, cuando la realidad es que sólo nos hacen caso cuatro mal contados. Si contamos a la familia y los amigos, cinco.

Es la paradoja última de Internet. La información y la opinión son tan abundantes, tan exorbitantemente acumuladas y con tanta rapidez producidas, que en la práctica resulta casi imposible enterarse de nada y, no digamos, que nuestra voz se escuche en el descomunal concierto del sonido y la furia.

Tomémoslo por tanto con calma. De momento, mientras va sedimentando la costumbre tecnológica y el eco humano retorna a sus cabales, los árboles siempre nos van a impedir ver el bosque, y las infinitas aguas del océano -no nos engañemos -, impedirán que los marinos se fijen en cómo brilla el sol en nuestra ínfima gota de agua.

 

 

 

No hagas nada

Abril 15, 2008 by papelesdehumo

Gregorio Morales

IDEAL, Granada, 15/04/08

NO hagas nada, te digo. Y no me haces caso. Comprendo que es difícil. Creemos que la vida es hacer cosas. Que cada minuto debe ser aprovechado. Y ahí estamos, aunque sea viendo la televisión, o con la música puesta, o tomando un copa, o hablando con el móvil, pero siempre haciendo algo.

No hagas nada. En un experimento, se acostumbró a las ratas a cavar para encontrar comida. Luego se quitó la comida, pero las ratas siguieron cavando y cavando hasta morir de extenuación. Somos como esas ratas: nos han dicho que el tiempo es oro y, aunque el oro desaparezca, seguimos cavando. Y de esta forma el tiempo se nos va como el agua sucia por los sumideros.

No seas como las ratas. Aunque todo indica que se han convertido en nuestro modelo. Ya no hay gente sentada a la puerta de su casa, sin hacer nada. Ya no hay gente sentada en los bancos de las calles sin hacer nada. Ya no hay gente asomada a la ventana, sin hacer nada. Todo el mundo está haciendo algo.

No seas como ese ilustre profesor norteamericano. Estaba yo sentado con él en una cafetería de Central Park, y el hombre se encontraba inquieto, nervioso, angustiado, sin disfrutar del bosque ni del lago que nos rodeaban. Hasta que vislumbré el origen de su sinvivir: ¿el profesor llevaba dos días sin trabajar y ya no podía más! Echaba de menos su biblioteca, sus apuntes, su ordenador Sabía mucho de literatura, de filosofía, de sociología pero no sabía no hacer nada.

Atrévete. Al menos durante unas horas. El tiempo dilapidado es siempre tiempo ganado. Lo que perdemos son semillas que luego crecen en frutos. Todo lo que vemos sale de la nada. Sin la nada, no existiría nada. Sé que resulta increíble, pero cuando se llega a lo más hondo de la materia, no se encuentra sino la nada.

Creemos que, para lograr la vida que anhelamos, tenemos que hacer cosas. A nadie se le ocurre que pueda alcanzar sus metas sin hacer nada. Y, sin embargo, muchas veces es la única forma de alcanzarlas. Basta con desear y olvidarse. Y las cosas llegan por sí mismas. Lo aprendí siendo muy joven, en la lectura de ‘Los tres mosqueteros’. D’Artagnan tiene un deseo, que ya no recuerdo, pero no hace nada para conseguirlo; simplemente se encierra y espera ¿hasta que el deseo se cumple! Sin hacer nada, consigue todo.

La enfermedad de los gobiernos es creer que pueden hacer algo; imaginar que a golpes de leyes, decretos y boletines pueden cambiar a la gente. Lo que no han conseguido las religiones ni las filosofías, creen poder conseguirlo ellos con sus ministerios. Pero lo único que logran es dolor, injusticia y gastos añadidos a los que ya existen. El gran político sería aquel que no hiciera nada, el que tuviera simplemente la intención de lograr unos pocos y laudables objetivos. Pero política y horror a no hacer nada van de la mano. Los políticos pecan por exceso de hacer.

No hagas nada. Te sorprenderá comprobar que, aunque te cruces de brazos, las cosas siguen su curso. Basta el pensamiento para construir la realidad. Luego puedes tumbarte más de lo que te tumbas ahora. Puedes delegar más de lo que delegas ahora. No necesitas hacer nada para ser. Sé simplemente. El tiempo te pertenece. Y que quienes pertenecen al tiempo, sigan haciendo. Tú párate. Y no hagas nada. Y entonces todo hará para ti.

Ángel Olgoso - Entrevista

Abril 11, 2008 by papelesdehumo

 

ÁNGEL OLGOSO

por Miguel Arnas

 

¿Practica Ángel Olgoso un híbrido entre el “microrrelato” y la prosa poética? Él asegura que no. De entrada, no le entu­siasma la denominación de “microrrelato”, prefiere llanamente denominar relatos a sus obras, al margen de la extensión. Por otra parte reconoce que ¿de qué literatura estaríamos hablan­do si la prosa no contuviese ni ápice de poesía? A mi entender, la prosa es a la poesía como la arquitectura es a la escultura. A esta última le basta con su propia belleza, mientras la arqui­tectura debe tener una virtud sin la cual no es lo que pretende ser: la habitabilidad. Pero como valor añadido a esa habitabili­dad, si la arquitectura no tiene, además, belleza, será tan sólo utilitaria. Con la prosa ocurre algo semejante. La habitabilidad de la prosa es el mismo hecho de contar una historia, algo que sucede, sea este suceder una anécdota exterior, sensual, o sea un suceder interno, una reflexión o un monólogo interior. Que haya drama, esa es la habitabilidad de la prosa, un drama que implique, por lo menos, a dos realidades y ambas cuenten; la poesía es personal e intransferible, en ella puede haber drama pero la parte no protagonista será algo externo al desarrollo del discurso. Ángel Olgoso cuenta historias, lo que no es óbice alguno para que su prosa rebose poesía. Desde luego, si ese era su objetivo, lo cumple sobradamente, y ¿de qué literatura estaríamos hablando si ésta no cumpliese los objetivos previstos por su autor?

En Ángel, el punto de vista es asombroso siempre, de forma que el relato implica al lector porque consigue, aun ha­ciendo del narrador un objeto o una sombra, la angustia o la alegría que erosiona el alma y hasta la piel de quien se pone a leerlo.

Ángel compra las cajas de gomas de borrar por kilos. Su técnica es siempre la de reducción, como el alquimista en bus­ca del elemento puro. Hay escritores que pregonan su facultad de extender a cien folios lo que podría ser contado en dos. Ol­goso trabaja al revés: lo que se puede hacer en dos lo reduce a medio, y en ese medio pone la intensidad de ese primer mundo inmediatamente anterior al Big Bang: una densidad descome­dida y una energía reconcentrada donde lo temible y esperable es la explosión, explosión en la que el lector, víctima consenti­dora, se ve proyectado.

Y quede claro que borrar, concentrar, depurar, implica trabajo. Tras rescatarlo del aislamiento que cultiva como un pequeño jardín (piensa, con Cocteau, que la invisibilidad es la condición esencial de la elegancia), nos vemos en una cafetería amplia, aunque algo ruidosa como es normal en nuestro país. Le hablo de esta entrevista y quedamos en el procedimiento. Le pasaré las preguntas por correo electrónico y me las responderá por idéntico medio. Más tarde, en conversación telefónica, me confiesa que en cada respuesta se ha demorado algunas horas: lo imagino primero luchando contra el pudor (“No dejaré que el ruido de la vanidad entre en mi austera casa” decía Shylok), luego consultando viejos archivos de anotaciones, y finalmente mirándose dentro como si tuviera que hacerse una operación quirúrgica a sí mismo. No me extraña. Si Ángel Olgoso fuera escultor retocaría constantemente su obra, puliría y propinaría un martillazo aquí, un bruñido allá, para que su pequeña esta­tua (no haría jamás obra para una plaza o un jardín sino para la intimidad de una estantería) quedase, no perfecta pues él es el primero en ser consciente de la imposibilidad de tal perfección, sino perfeccionada desde todos los ángulos.

Este fue el resultado de mis preguntas.

 

¿Por qué escribes exclusivamente relato corto?

Por mi total incapacidad para otra cosa. Creo que desde siempre he estado abocado a la brevedad: por carácter, por afición, por convicción y también por una elemental cortesía hacia el lector. Pero si me fascina el relato como miniatura, como mecanismo, como pequeño armazón geométrico que encierra imágenes fulgurantes es, sobre todo, por la maravilla de lograr algo en lo que no sobra ni falta nada, por esa contención del lenguaje, por la tensión narrativa, por el vértigo de su historia, de su composición o de su sentido último. Si la novela es un lento asedio, entonces el relato es una emboscada o un asalto hechos con limpieza y brío… Supongo que no sé expresar en doscientas páginas algo para lo que sólo necesito dos. De hecho, cada libro mío contiene de veinte a cien piezas distintas, para unos esto será sin duda un desperdicio, para otros un claro suicidio. Estoy en parte de acuerdo con los que piensan que el cuento clásico ha sido domesticado, convertido en una sucesión de palabras sin encantamiento, y que el microrrelato –que es la expresividad máxima con el mínimo de palabras– tiene la misión de darle el tiro de gracia, liberándolo así de toda atadura y devolviéndole su poder mágico y subversivo.

 

¿Qué es para ti lo fantástico en el relato y qué ingredientes tiene?

Lo fantástico, en poquísimas palabras, es la intromisión vio­lenta de un suceso extraño en el mundo real. El autor debe hacer verosímil lo inverosímil, conseguir que la narración vacile entre una explicación natural y otra sobrenatural, sin decidirse por nin­guna, creando así la inquietud en el lector. Para ello se vale de la unidad de tiempo, acción, espacio y efecto; de la descripciónminuciosa de elementos tomados de la realidad, ordenados de manera inhabitual o ambigua; de la no explicación final del suce­so, y de todo aquello que haga creíble algo que no corresponde a las leyes de la lógica ni de la razón. A mí concretamente el relato fantástico me permite crear mundos alternativos, escapar de lo consabido y de las limitaciones, porque es evidente que la vida no basta, que tiene un repertorio muy limitado… Arreola incluso llamó al relato fantástico “enmiendas a los planes de la Creación”. Intento ofrecerle al lector algo más que la visión a ras de tierra de la literatura realista, y no me refiero sólo a historias extrañas y sorprendentes, sino a la posibilidad de cuestionarse las bases de la realidad o de su propia conciencia.

 

¿Quiénes son tus modelos o al menos tus escritores admira­dos en este género?

Hay docenas, siento devoción por los fantásticos victo­rianos (Wells, Conan Doyle, Kipling, Machen, M. R. James), los fantásticos italianos (Buzzati, Landolfi, Manganelli, Calvino), los fantásticos suramericanos (Borges, Bioy, Arreola, Wilcock, De­nevi, Piñera), aunque también reconozco mi debilidad por la prosa de Chandler, Pla, Chesterton o García Pavón. A Kafka no es preciso mencionarlo, de igual modo que no pensamos en el aire cada vez que respiramos.

 

Muchos de tus cuentos siguen el modelo de sorpresa final (“Iris”, “Los rivales”, “Diadema en tu cabello”, “El lobo vie­jo de las desgracias”, “El vuelo del pájaro elefante”, etc.). La técnica es difícil porque posterga el conocimiento del lector. ¿Sientes placer cuando encuentras la solución?

Sí, reconozco mi debilidad. No puedo evitar sacudir al lector de alguna manera, desasosegarlo. Sé que la estocada final –que puede producir desde dolor hasta hilaridad– es una forma algo tosca de lograrlo y un recurso demasiado habitual del géne­ro, pero supongo que los relatos que nombras, como todos los demás, pedían esa única conclusión. Chandler decía que un final sorpresivo no es bueno si uno no se lo cree. En mi trabajo intento luchar por la excelencia del texto, poner a prueba los límites de la ficción, pensar cosas en las que pienso que los demás no pen­sarán, sin embargo nunca olvido sacrificarlo todo a las exigencias concretas de cada relato.

 

Admiro los títulos de tus cuentos, tan cortos, agudos y efi­caces como ellos. ¿Cómo salen y de dónde?

De mi almacén de títulos, tengo tantos esperando ser usados que podría venderlos al peso. Bastantes salen de allí y se amoldan luego a los relatos; otros, en cambio, nacen a posteriori. Simplemente disfruto mucho elaborándolos. Hace veinte años eran en general más largos y estrafalarios. Me gusta que añadan algo al sentido del relato, que el lector deba buscar esas conexio­nes ocultas, que sean estimulantes en definitiva.

 

“Espacio”, “La pesca”, “Buenos propósitos” y otros relatos son una reflexión metaliteraria sobre el mismo hecho de es­cribir. ¿Piensas que la misma concreción de la idea en el pa­pel es una concesión, un entregarse en manos del enemigo?

No necesariamente, no es más que un motivo propio del universo de los microrrelatos, y te aseguro que me apasiona me­nos que ese otro tema clásico, el del eterno retorno y los bucles del tiempo, presente en “Samsara”, “Relámpagos”, “La larga di­gestión del dragón de Komodo” o “Subir abajo”. Al carecer por completo de talento teórico, de madera de ensayista, y ser de los que prefieren la mentira del arte a la verdad de la vida, es lógico que a veces reflexione sobre el hecho creativo y lo haga de la única forma que sé hacerlo.

 

¿Intentas algún tipo de uniformidad en los cuentos que in­tegran un libro?

No, en general mis agrupaciones de relatos no tienen un afán totalizador; sólo en La máquina de languidecer me pro­puse conscientemente, más como un reto, escribir una serie de cien relatos brevísimos con mimbres comunes. Pero lo normal es que cada relato cristalice según sus necesidades, de una forma precisa y única, como un objeto absolutamente independiente, como una gema que no tiene porqué formar parte de un collar. Es más, me parece un contrasentido y una aberración esa cos­tumbre tan extendida entre los críticos de desacreditar un libro de relatos por su “falta de unidad”. A mí sin embargo me atrae la versatilidad, poder cambiar de registro, de personaje, de época, de lugar, casi a cada página, poder visitar una gran variedad de mundos en un solo libro. En ese sentido, lo ideal sería publicar cada pieza como tal, individualmente, aunque desde el punto de vista editorial se consideraría delirante esta propuesta, si excep­tuamos la original y altruista iniciativa de “Relatos para leer en el autobús”.

 

Me da la sensación de que en tus últimas narraciones has pasado de una ironía un tanto cruel a un pesimismo eviden­te, ¿por qué?

Sí, es cierto, te refieres sin duda a “Los demonios del lu­gar”. Las atmósferas opresivas, casi macabras, de estos relatos no son sólo reflejo de esa sensación generalizada de colapso de la inteligencia humana, sino de circunstancias personales, de las congojas del paso del tiempo, de la aceptación del enigma sobrecogedor de la muerte, de sentir hasta qué punto vivimos sobre una ciénaga y qué frágiles son los lazos que nos unen a la cordura, pero también –y sobre todo– de la visión del prójimo como torturador, que es el escabeche en el que últimamente se macera mi cerebro. Es ese nihilismo el que siempre me ha empu­jado a crear mi propia realidad para sobrevivir, un mundo perso­nal y extraño hecho de sueños, misterios e imaginación, que me sirve de refugio frente a la violencia y vulgaridad del mundo.

 

Tu sentido del humor es sarcástico. Esto enlaza con lo si­guiente: te sabemos fundador del Institutum Pataphysicum Granatensis. ¿En qué consiste esa misteriosa entidad?

Podría decirse que el Instituto es un hijo –antes bastardo y ahora oficial– del Colegio de Patafísica francés, una sociedad de investigaciones eruditas e inútiles que estudia las excepciones, propone soluciones imaginarias y tiene su propio calendario, santoral laico, organigrama y publicaciones. Durante diez años el I.P.G. no ha suscitado el más mínimo interés en Granada, y su único miembro e instigador tampoco hizo ni un sólo movimien­to para consolidar la plaza fuerte o extender la acción de esta ciencia de lo particular, pero en la actualidad –tras su desoculta­ción– el I.P.G. está viviendo un feliz período creativo: encuentros, conferencias, un blog propio, la convocatoria del Primer Premio Internacional A. F. Molina al Espíritu Patafísico, y la contínua ele­vación a rango de Sátrapa Trascendente de nuevos y numerosos miembros granadinos, y del resto de España.

 

¿Cómo definirías tu línea narrativa?

Yo diría que se trata de una obsesiva negación de lo real, de lo inmediato, de lo cotidiano, pero no en el sentido de evasión, sino en todo caso de iluminación. Creo que sólo lo ex­cepcional es digno de ser contado. No me interesa reproducir la mortífera vida ordinaria, sino representar las cosas a las que estamos habituados de un modo insólito, violentar las reglas de lo posible, espolear la imaginación del lector y mostrarle otras perspectivas inéditas.

 

¿Qué piensas del auge actual del cuento?

Personalmente tengo la sensación de estar saliendo de la clandestinidad. Llevo unos treinta años escribiendo relatos, unos 400 ya, y es ahora cuando comienzan a abrirse algunas puertas (editoriales, páginas digitales, talleres y congresos centrados en lo breve). Pero a pesar de esta supuesta efervescencia del género –en especial del brevísimo– creo que comienzan a condensarse algunas sombras: la saturación, la falta de profundidad de mu­chas propuestas, su condición casi caótica de cajón de sastre, esos autores consagrados que se peinan con novelas y venden luego la caspa de sus relatos. No se trata de una actitud elitista, únicamente quiero hacer notar el peligro que supone llegar a la banalización antes que a la normalización. Haría falta una consis­tente red de revistas especializadas, como sucede en América, y por supuesto un cambio muy considerable en la percepción que tienen de la narrativa breve los editores y los lectores.

 

Amor escamado

Abril 5, 2008 by papelesdehumo

Ginés S. Cutillas

Me enamoré de un pez. Lo primero en lo que me fijé fue en esa sensualidad al contonearse bajo el agua, en esa forma de lanzarme besos para­petado detrás de su escudo de cristal. Un día no pude resistir la tentación y lo saqué de la pecera para llevármelo a Peñíscola, a un hotel de cinco estrellas –¡váyanse a creer!–. Por deferencia a él pedimos carne para cenar pero ya para entonces comenzaba a comportarse de forma extraña. Los besos lanzados al aire habían menguado en frecuencia y el brillo de sus ojos –acompañados del de su piel– se iba apagando poco a poco. No me importó. Lo subí a la habitación e hicimos el amor toda la noche. Al amanecer entendí eso que dicen que el sexo tiene sabor salado, como a mar. Cuando volví a la cama de la ducha allí estaba, tan dor­midito que me dio pena despertarlo. De hecho no despertó nunca más pero tampoco me importó. Al fin y al cabo nunca habíamos mantenido ninguna conversación interesante, así que podía soportar su silencio. Y bien pensado también tenía su parte buena. Jamás se quejó del destino de los viajes siguientes: Jávea, Nueva York, Tombuctú, Leganés… Fuimos felices la ver­dad, pero el amor se gasta de tanto usarlo y un buen día dejé de mirarlo con ojos de enamorado. Hacía tiempo que olía mal y sus besos se habían extinguido, por no hablar de aquellos en­diablados contoneos que me habían vuelto loco. Decidí dejarlo en el mismo sitio donde lo encontré, en su pecera donde sabía que sería bienvenido por sus compañeros. Y no me equivoqué. Fue dejarlo caer en el agua y todos se abalanzaron sobre él con tanta alegría que parecían morderle y todo. Me alejé de allí emocionado, con lágrimas en los ojos, seguro de haber hecho lo correcto.

 

 

De PapelesdeHumo nº1

Vulgaridad y diferencia

Marzo 30, 2008 by papelesdehumo

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Fernando de Villena

Con estupefacción y horror leo el artículo que nuestro Premio Nacional de Ensayo Javier Gomá Lanzón publica en el número 840 del ABC de las Artes y las Letras correspondiente a la semana del 8 al 14 de marzo de 2008.  Se titula el mismo La vulgaridad, un respeto y en sus páginas el señor Gomá Lanzón viene, según leemos en los titulares, a defender “la democratización del espíritu y la vulgarización generalizada del gusto y de las costumbres.” Al pronto, creemos que tal empresa no es más que una humorada, un disparate de neovanguardia para escandalizar a los burgueses, pero después, conforme avanzamos en la lectura, nos damos cuenta de que el premiado ensayista parece hablar en serio. Y así encontramos perlas como ésta: “El humanismo democrático, en efecto, instaura en la disciplina estética la tendencia hacia una objetividad común y típica inspirada en el principio igualitario que, por encima del subjetivismo dominante a lo largo de la modernidad, de su extravagancia y de sus cansinas pretensiones de originalidad, sabe celebrar la bella vulgaridad de la vida y de las cosas normales del mundo”. Más adelante, el articulista nos habla de “asumir una ingenuidad de nuevo estilo” que “sin renunciar a los derechos de la subjetividad, ahora decide por voluntad propia y con plena lucidez subordinarlos a una magna tarea colectiva y participar en la construcción con materiales finitos y aun vulgares de los cimientos, las murallas y las torres de esta nueva objetividad ética que llamamos democracia”. No es muy difícil percibir en ese “humanismo democrático” del que nos habla el premiado ensayista un tufo inequívoco a totalitarismo, a nazismo encubierto. Yo, desde luego, entiendo la verdadera democracia como el respeto a todas las diferencias, como la defensa incluso de esas diferencias. Cosa bien distinta es que la democracia de hoy  -como muy bien nos ha explicado Saramago- consiste en un “democracia secuestrada por el poder económico”. El nóbel portugués nos hizo ver como “los gobiernos de todo el mundo se han convertido en comisarios del poder económico” y como el Fondo Monetario Internacional, cuyos dirigentes no son elegidos democráticamente, es la institución de la que depende la vida de casi toda la humanidad y que dicha institución no es democrática, por lo que la democracia política en todas las naciones está bloqueada. De esta manera podemos explicarnos por qué la democracia que ha vivido España durante el último cuarto de  siglo ha sido todo lo contrario a esa defensa de las diferencias. Con su apología de la bella vulgaridad y de las cosas normales del mundo, el señor Gomá Lanzón viene a justificar toda la literatura mediocre, plana y moderadamente irónica que durante los últimos veinticinco años ha sido respaldada por el poder (tanto por el PSOE como por el PP) y convertida poco menos que en el único referente de la cultura española. Así, los mismos escritores siempre durante este periodo, escritores muy dentro de la norma, pequeñoburgueses con un ligero barniz de izquierda o progresía, han sido presentados una y otra vez dentro y fuera de España como lo más  relevante de nuestras letras contemporáneas.    El artículo de Gomá Lanzón y la actuación en Cultura de los sucesivos gobiernos pseudodemocráticos de nuestro país tienen su paralelismo en lo sucedido en la Educación. La nefasta L.O.G:S:E. y sus posteriores parches suponen una negación del valor del esfuerzo individual, un afán de igualar por abajo, de crear una sociedad de zombis sin espíritu crítico, una grey de esclavos que acepten los trabajos más ínfimos y los contratos-basura.    De este modo hemos visto como en todos los sectores ha tenido lugar la misma reducción: los profesores se han convertido en maestros; los arquitectos y los ingenieros en arquitectos e ingenieros técnicos, las empresas dan la espalda a los licenciados y buscan a quienes han hecho un módulo profesional pues de esta manera pueden pagar mucho menos con independencia de los resultados…     Los derechos de los trabajadores, logrados mediante tantas luchas y revoluciones a través de los siglos, empiezan a retroceder y la libertad se tambalea sin que nos demos cuenta de ello. Cabalgamos hacia una nueva Edad Media donde todos serán vasallos del poder económico y donde la Cultura será normalita, fácil, vulgar… Eso pretenden, sí, pero algunos lucharemos por impedirlo.

El símbolo hecho piedra

Marzo 27, 2008 by papelesdehumo

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Podéis encontrar más información en la web de ediciones Áltera

Los visitantes de El Escorial se apresuran por los pasillos y se detienen ante estatuas, tapices y cuadros, escuchan a los guías y leen los carteles, pero ¿comprenden el sentido del edificio en el que se encuentran, los misterios que encierra su simbolismo, o pasan por él como los soldados de Napoleón ante las pirámides?

Desde el siglo XVIII, ciertos extranjeros y españoles consideran el monasterio de San Lorenzo de El Escorial como un edificio siniestro, monótono, desagradable y hasta defectuoso. Los argumentos en su contra abarcan desde lo artístico hasta lo económico: ¡cómo un país pobre derrochó el oro de que disponía en construir un panteón y un convento!

Ilustrados, librepensadores, materialistas, liberales y otros apóstoles del racionalismo eran incapaces no sólo de descifrar los misterios del mayor edificio de su época, sino de comprender los planes del Felipe II. Tampoco podemos hacerlo nosotros en el siglo XXI. Viajamos al espacio y alteramos el ADN humano, pero ignoramos las claves para entender un palacio-monasterio construido hace 500 años.

No es el caso de Javier Morales, doctor en Historia del Arte y ex subdirector del Museo del Prado, quien en El símbolo hecho piedra explica el Escorial, un laberinto descifrado, los secretos de la que muchos han calificado como octava maravilla del mundo. ¿Por qué los visitantes que se acercan al monasterio no se asombran ante una entrada majestuosa? ¿Por qué el Panteón de los Reyes está escondido en vez de en un lugar accesible? ¿Por qué la entrada a la basílica es un atrio bajo y estrecho?

El sentido de San Lorenzo de El Escorial tiene su explicación en las creencias y la cultura del siglo XVI, inspiradas en Raimundo Lulio. El rey Felipe II, el arquitecto Juan de Herrera, el bibliotecario Benito Arias Montano y el jerónimo Padre Sigüenza compartían unas mismas ideas. Era la época en que los españoles se creían el brazo de Dios en la Tierra, y el Rey quiso levantar en su reino un nuevo Templo como el de Jerusalén.

Javier Morales es escultor y doctor en Historia del Arte y en Filosofía. Ha sido subdirector del Museo del Prado (1975-1981) y miembro fundador de la Fundación Amigos del Museo del Prado; igualmente ha desempeñado importantes cargos en Patrimonio Nacional. Ha sido asesor, entre otros, de los Museos Vaticanos. Un grupo escultórico suyo está en la Catedral de La Almudena; también hay obras suyas en la colección del Palacio Real y en colecciones privadas.

Por si os apetece leer las primeras páginas